Cazamos la primavera

Por Erika Marrero

Ayer, 20 de marzo, llegó la primavera. Siempre aprendimos en el colegio que la primavera comenzaba el 21 de marzo, pero, realmente, la horquilla de comienzo de esta estación se sitúa entre el 19 y el 21 de marzo. ¿La razón? La fecha exacta depende del camino que nuestro planeta describe alrededor del Sol. Por este motivo, las tres últimas primaveras coincidieron con el día 20 de marzo y no con el clásico 21 que estudiábamos de memoria.

Es la estación de las flores, del comienzo del sol y de una temperatura más cálida, como la que hemos tenido hoy en Las Palmas de Gran Canaria, de las charlas bajo un hermoso sol que hoy se ha dejado ver. Los niveles de melatonina se disparan, las plantas se reproducen, los almendros florecen, etc. Precisamente por el polen que se respira en el ambiente, también es la peor época para las personas que sufrimos de alergia.

 

Esta mañana hablaba con un compañero del instituto de la llegada de esta linda estación y de que había estado buscando un poema que hablara de ella para recitarlo en clase. Me habló del soneto “La primavera”, de Juan Ramón Jiménez, que cito:

Abril, sin tu asistencia clara, fuera
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.

Eres la primavera verdadera;
rosa de los caminos interiores,
brisa de los secretos corredores,
lumbre de la recóndita ladera.

¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa,
abrazados los dos, sea tu risa
el surtidor de nuestra sola fuente!

Mi corazón recojerá tu rosa,
sobre mis ojos se echará tu brisa,
tu luz se dormirá sobre mi frente…

 

Cazador de jotas

Automáticamente, el corrector de mi ordenador me indica que “recojerá” está mal escrito. Efectivamente, todos hemos aprendido que el fonema /j/ delante de la vocal ‘e’ se escribe “ge”, y no “je”. No obstante, existe una gran cantidad de palabras que no siguen esta regla, como por ejemplo: menaje, viaje, jirafa u homenaje.

Juan Ramón Jiménez eliminó conscientemente la letra “g” con pronunciación de [j] de sus textos poéticos. En su lugar, le parecía más lógico que la letra representara el sonido, y por eso enalteció el uso de la “j” en estos contextos. Escribía “jente” y no “gente”, “escojidas” y no “escogidas”, “antolojía” y no “antología”…

¿Qué pretendía el autor de Platero y yo? Que se simplificase la ortografía. No le encontraba sentido a esta “g” de la que hablamos, pero tampoco se lo encontraba a la “x”, y, por eso escribía “esperiencia” y no “experiencia”. El poeta de Moguer llegó a justificar su peculiar ortografía públicamente:

“Primero, por amor a la sencillez, a la simplificación en este caso, por odio a lo inútil. Luego, porque creo que se debe escribir como se habla, y no hablar, en ningún caso, como se escribe. Después, por antipatía a lo pedante. ¿Qué necesidad hay de poner una diéresis en la “u” para escribir “vergüenza”? Nadie dice “excelentísimo” ni “séptima”, ni “transatlántico”, ni “obstáculo”, etc. Antiguamente la esclamación “Oh” se escribía sin “h”, como yo la escribo hoy, y “hombre” también. ¿Ya para qué necesita “hombre” la “h”; ni otra, “hembra”? ¿Le añade algo esa “h” a la mujer o al hombre? Además, en Andalucía la jota se refuerza mucho y yo soy andaluz […]”

De todo lo dicho se deduce que Juan Ramón Jiménez amaba la lengua castellana, de hecho, uno de sus libros preferidos, al que llamaba “tesoro”, era el Diccionario de Autoridades de la Academia Española, del que, sin duda, aprendió muchos de los términos que forman parte de su amplio léxico.

Otro dato interesante para intentar comprender por qué escribía así es que el poeta tenía una enfermedad llamada hiperestesia, lo que le hacía percibir los sonidos de una manera peculiar. De hecho, se enamoró antes de las carcajadas de su mujer (Zenobia Camprubí) que de toda ella, puesto que no la conocía físicamente aún. Solo sabía de ella las risas que escuchaba desde la casa de los vecinos. Por tanto, los sonidos, la fonética, eran primordiales para él, ya desde su infancia, en la que recuerda cómo pronunciaba lo que leía. Se entiende, pues, su obsesión por reflejar el habla, sin tanto convencionalismo ortográfico.

También sabemos de él que era muy perfeccionista, siempre andaba buscando la palabra exacta y cuando la encontraba, pensaba en su famoso y más breve poema “No le toques ya más, que así es la rosa”, del que se deduce que el manoseo de sus pétalos puede provocar su destrucción. Y es que la belleza no se toca. Es un poema breve y simple, como él consideraba que debían ser las normas ortográficas.

Me pregunto qué opinaría Juan Ramón Jiménez del tan debatido en la última década “sexismo lingüístico”, porque también se sabe del autor que le gustaba ir a contracorriente; en este sentido, su primer libro fue impreso en tinta verde y el segundo, en tinta morada. Por esta razón y por sus “faltas de ortografía” tuvo dificultades con algunas imprentas a la hora de publicar sus libros, aunque  tampoco le preocupó mucho porque, como él mismo decía “yo soy muy testarudo […] me divierte ir contra la Academia y […] que los críticos se molesten conmigo. Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi explicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida”, concluyó el Premio Nobel de Literatura.

[Citas extraídas de un texto aparecido en la revista Universidad, en Puerto Rico, consultado en https://rutaliterariasenorio.blogspot.com/2012/02/la-peculiar-ortografia-de-juan-ramon.html]

 

 

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